
Reconozco en su deseo de pertenecer
a un barrio, mi propia voluntad de echar raíces sin cerrar las puertas al
retorno. Elvira quiere sentirse querida y reconocida en los en restaurantes y
bares que frecuenta; en mi caso, la puerta de entrada a las localidades en las
que voy viviendo son las peluquerías. Agradezco la verborrea cómoda que se
desparrama entre tintes y rulos en un entorno exterior en el que no se suelen
dar excesivas confianzas a los desconocidos. Mi Carmen me hizo sentirme como en
casa desde el primer día que me arrellané en el sillón y le di vía libre a que
hiciese lo que le diera en gana con mi pelo. Con ella me explayo de las
vivencias en mis clases y me hace hablar a veces más de la cuenta de mi familia
y de mi día a día. También Elvira dedica uno de sus capítulos a su peluquero. Como
ella, tengo ganas de mudarme de piso. Llevo años rondando esta idea y no lo
hago: No lo hago por comodidad; pero también, porque el Barri de Ponent no ha crecido
según una pauta de celda-panel con adosados impersonales lejos de todo, y en él he encontrado un hogar. Me siento mediterránea en la elección de lugares
vitales: me gustan los barrios recargados, atiborrados, con un comercio vivo
aunque eso haga lamentarme una y mil veces la falta de aparcamiento. Mi
biblioteca, en el corazón de este entramado social, me ha rescatado de muchas
tardes de soledad, igual que las redes sociales. Y junto con los libros, agradezco
infinitamente el caudal de vida cultural que Elvira da a conocer porque sé que los
poemas, los discos y las películas que le hacen la vida más fácil en un
invierno brutal también me la facilitarán a mí.
Y así podría seguir y seguir, de manera que a
veces con una ensoñación típica de loca me imagino que podría ser una vecinita
de arriba (o de abajo o de al lado), compartiendo los mismos o similares problemas
y viviendo una vida paralela. Alucino cuando Elvira cuenta que tanto él como
Muñoz Molina escriben un diario desde hace años. Yo misma lo hago desde que
tenía 13. Y lo he hecho de manera desparramada y caótica: en libretas, en hojas
sueltas, en la cara B de los cuadernos escolares y, finalmente, desde el 2003 mantengo uno online. Los primeros están
diseminados por las casas de mis padres; el segundo lo he ido recuperando de
placas bases descompuestas, pen-drives, archivos borrados…parece increíble que
a mí que me da vergüenza decir que
escribo sobre mí y para mí, esta mujer, lo indica abiertamente en esta obra. Está
claro que las líneas apocalípticas absurdas que todos tenemos cada uno las
subraya en sitios distintos. Elvira se lamenta de la ciudad en la que ha vivido
los últimos años porque la mantuvo lejos de su padre en sus últimos años. A mí
sólo me separan 250 kilómetros de casa, pero son suficientes para no estar los
fines de semana, ni pasarte un rato por la tarde, ni parte de las vacaciones.
La separación es la misma; las opciones de salvar esa distancia sí son más
cómodas y más fáciles pero la pena sabe igual: “qué poco vemos a la niña, qué
rápido se pasan las vacaciones, ¿sólo váis a estar 10 días en verano?”
Cuando explica las ansias por
conocer gente nueva, por hacer amigos, en una ciudad sin familia ni raíces,
Elvira recoge el lamento de su marido por el ambiente universitario. Calidez
entre el alumnado; frialdad gélida entre los colegas Y aquí también-también
mi vida se funde con la suya: no sé si me he resignado, si me he vuelto más
selectiva, si ya no espero sorpresas, si no tengo tiempo o si mi micronúcleo me
calienta el corazón lo suficiente para no notar esta frialdad. Intento no
cerrarme en banda (no lo hago); pero el otro día no recuerdo a quién comentaba
que he perdido la costumbre tan valenciana de plantarle dos besos en las
mejillas a cualquiera recién presentado.
Aquí contestan con un “Tant de gust” y una leve inclinación de cabeza. No se
acercan (por si acaso). Yo a ellos tampoco. Pero lo digo con una sonrisa.
-Noches sin dormir. Editorial Seix Baral.