lunes, 20 de marzo de 2017

El único de su clase

Este texto, como algunos otros en los que estoy enredada últimamente, no estaban destinados al blog pero me decido a publicar para dar alguna señal de vida…porque últimamente estoy escribiendo como ejercicio, como quien corre para mantenerse en forma sin apasionamiento, y  para mí, el entrenamiento es redactar para un concurso. Es lo que acabo de hacer y encima sin esperanza de ganar porque es una iniciativa para promover “la igualdad de género” y yo lo he hecho, sí, pero a la inversa. A veces pienso que soy gilipollas. ¿Se puede decir esto aquí? Pues sí, hija mía, evidentemente, porque es tu blog y aquí haces lo que te da la gana.
 Vuelve a aparecer el señor Jacobo aunque esta vez no es un empresario, sino un médico obsesionado por el buen nombre de su familia y el futuro de sus hijos. La sexualidad de Miguel me importa bien poco; en realidad, su opción no es relevante. Me importa más lo que quiere hacer en su vida profesional y lo que es relevante total… ¡¡¡consigo superar las 300 palabras!!! 
EL ÚNICO DE SU CLASE

 Miguel era el pequeño de cinco hermanos varones. Siempre destacó por su sensibilidad y por su absoluto desinterés por los juguetes de sus otros hermanos: ni automóviles, ni balones, ni dinosaurios ni cromos llamaban su atención. En el parque, donde el juego es puro movimiento, Miguel correteaba con los demás, subía y bajaba del columpio y del tobogán, se pegaba con la chiquillería…pero cuando aparecía una niña. ¡Ay, como apareciese una niña! Se olvidaba de sus hermanos, de sus abuelos y de sus primos.  Se iba directo a ella y le gritaba: “¿Quieres jugar a mamás y papás?”. Para regocijo de las niñas y mirada inquisitiva de los padres. Si además, la niña se había traído consigo alguna muñeca, la tarde ya estaba hecha y de nada valía las sugerencias de los mayores para que cambiase o alternase de juego. Miguel cogía al bebé, lo besaba y acunaba, lo tapaba con el trapito y lo más alarmante de todo: se tiraba toda la tarde acarreando al bebé en el cochecito mientras cantaba cualquier canción. Eso hizo que Miguel tuviese desde bien pequeño muchas amiguitas y empezó a escuchar y a estar rodeado de un discurso en femenino selecto que él absorbía por completo.
A partir de entonces, toda la infancia de Miguel estuvo observada y medida con el rasero de la “normalidad”. Su padre, arrastrado por la sospecha, observó el comportamiento de cerca: los juegos, los dibujos, algún tipo de indicio de desviación natural. La adolescencia y la pubertad de Miguel fue alarmante. La dirección del centro educativo acabó llamando a casa de los padres: se escondía a solas con las niñas, le pillaron encerrado varias veces en los baños de las chicas, le vieron toqueteando las bragas de sus compañeras.
-¿Que sólo quieres aprender, Miguel? ¡¡¡¿Pero el qué, por el amor de Dios?!!!  
A punto estuvieron de expulsarle. Pero tenía un currículum impecable, que hacía subir la media de su clase. Eso y la influencia de su padre (el doctor Jacobo, tan conocido) evitaron la patada que en cualquier otro centro le habría propinado.
Aquel incidente pareció calmar al aparente siempre inestable Miguel. El pequeño de la familia fue creciendo como también lo hacía el resto de la prole. Sus estudios en los años finales de la Secundaria no hicieron más que progresar. En algunas materias, como biología, era brillante, el mejor de su clase. Tanto que sus preguntas ponían en evidencia al profesor. Su interés por la anatomía femenina no tenía límite. En el último examen oral escuchó: “¡Sal con alguna en lugar de estudiarlas tanto, idiota!”-
Bachillerato también terminó y la prueba de acceso a la Universidad fue un paseo tranquilo. Con tan exquisitos resultados, las puertas de los siguientes años se abrían  sin trabas. Podía hacer lo que quisiera.
Lo que quisiera.
La reunión con su padre estaba al caer. Días antes de formalizar la elección de los estudios, el doctor Jacobo se reunía a solas con cada uno de sus hijos en su despacho. Allí los arrinconaba entre títulos enmarcados, menciones honoríficas y el reconocimiento de los colegas. Así había sido con sus hermanos, y también él pasaría por lo mismo. Sí, tenía todas las puertas abiertas, pero él esperaba que sólo pasase por una (es por tu bien).
 Caminó por los pasillos de la Escuela mirando las orlas de las últimas promociones y leyó en voz baja:
-Carmina, Andrea, Silvia, Isabel, Carla, Nuria, Julia…
No podía demorarse más. Cerró despacio la puerta del despacho de su padre.
-Has sido el más singular de mis hijos. El que más quebraderos de cabeza me ha dado, también el más inteligente. Sabes que tu madre y yo nos hemos desvivido por ti…
-Sí, padre.
-Sabes que siempre hemos intentado entenderte y que te hemos sacado de más de un apuro. Ahora, con estos resultados académicos espero que sabrás hacer lo que más te conviene…
-Entonces creo que te alegrará saber que también viviré de la Medicina.
Su padre saltó del sillón de piel.
-¡Miguel!-gritó emocionado- ¡Por un momento pensé que ibas a decir que querías ser actor o cualquier locura! Qué alegría me das que sigas la tradición familiar. ¿Qué especialidad quieres seguir? ¿Cardiología?¿Neumología?¿Dermatología, como tu hermano Tomás?
-Papá –y levantó el mentón con orgullo-yo sólo quiero ser una cosa desde que tengo cinco años. Entraré en la Escuela de Enfermería. Seré partero, comadrón. Probablemente, el único varón de mi clase. ¿Y sabes una cosa? Me da igual.

lunes, 16 de enero de 2017

El rap de Sebastián

El día es entrar en el aula sin libro, sin portátil, sin motivación, sin disciplina externa ni interna, sin materiales de apoyo y con un espacio saturado. Dar clases con chavales marcados por el abandono, por las drogas químicas y con un cerebro intoxicado por la tecnología no es un milagro; es una gincana alucinante que te hace replantearte, imaginar, salirte del cuadro y agarrarte a un clavo ardiendo para conseguir mantener su atención durante cinco minutos. No cuento nada que no le haya sucedido a cualquier docente en sus años de trabajo. Me pasa ahora en un grupo en el que si lees el currículum de los estudiantes y escuchas su trayectoria personal, lo increíble es que sigan adelante y sigan vivos.
Así que el otro día, dándole vueltas a las letras de Nach, se me ocurrió hacer un concurso de rap. Y llegó Sebastián Jurado. Se plantó al lado de la mesa del profesor, escribió y recitó "La calle" y me pareció que, claramente, estos versos debían estar en el blog. Si eres profesor, tienes aspiraciones poéticas o literarias, o sencillamente te interesa este estilo musical  puede que lo consideres pueril, inmaduro, sin mensaje, con las rimas traídas por los pelos y con un ritmo mal marcado. Sin embargo, también contiene referencias a la NBA (Lebron es LeBron James, el alero de los Cleveland Cavaliers) y con metáforas que sólo entiendes si te has asomado un poco a la vida de quien lo ha escrito:  Sebastián "fuma verde sólo con la mitad de su corazón" porque consume marihuana con el remordimiento de quien sabe que si quiere cumplir su sueño de llegar a ser militar, debe dejarlo. Utiliza el término "bribón" aprendido en clase (evita un taco, tan habitual en estas composiciones) y tan alejado de su léxico habitual como el concepto químico "reacción exotérmica". Y con una combinación ocasional de carambola fusiona el faraón con la Ciencia Ficción con la suficiente fuerza evocadora como para hacerme pensar en la serie StarGate de los noventa. Así que sí, aquí está. Aunque sólo sea para recordarme a mí misma que hay veces en los que sí trabajan, aprenden y están motivados.
No dejo de pensar en el curriculum de FP Básica que indica con toda la seriedad del mundo que debo empezar el apartado dedicado a la historia por la Segunda República. 
¿Alguien más, por favor, piensa que hay cosas que podrían hacerse un poco mejor?

LA CALLE

Traigo rap para esta ocasión,
fumo verde con la mitad de mi corazón.
Tengo más poder que un faraón,
soy pura Ciencia Ficción.

No quieras que te acribille en un callejón,
meto triples como Lebrón.
Di que soy un bribón,
de mí no se esconden en ningún rincón
porque les fumigo desde mi avión.
Por mi familia ocasionaría el Armagedón.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Gemelo

Otro textito que nace a partir de la patada y el impulso que da Literautas a los que necesitamos escribir como el aire; pero no encontramos el tiempo, la motivación, la inspiración o tienes ante ti cualquier otra barrera que no dejar fluir el texto. En la propuesta de noviembre debíamos empezar con la frase: "Dicen que todos tenemos un doble..." y la dificultad adicional era que tenía que estar escrito desde la perspectiva del antagonista. 
Gracias al Café de Charo por dejarme la conexión de wifi. Llego tarde a la guardia del patio.

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte; es una fantasía bastante recurrente, al igual que tener un gemelo o volar. Manuel tiene todas ellas, supongo que porque desconoce mi  inexistencia. Digo sin exagerar que me emociono por sus alegrías porque las suyas son también las mías.  Me desespero con sus fracasos y siento su dolor atravesando mi cuerpo de manera instantánea. Disfruto de sus dieciséis gloriosos años; de sus besos y su libertad. Le acompaño en las noches oscuras e intento deslumbrarle con un guiño especial si hay cielo estrellado. Canturreo bajito para acompañarle cuando la casa está demasiado silenciosa y le encuentro calderilla en lugares insospechados si necesita una moneda.  A veces temo que pregunte de más: soy el escalofrío de quien siente sin ver y la sombra tenue tras el espejo.  Soy la presencia constante, la explicación a su obsesión prematura por Mark Twain o Philip K. Dick.
¿Todos sueñan con tener un gemelo o un doble? En realidad, no. Mi madre nunca tuvo ese anhelo.

Manuel lo vive todo por mí porque yo jamás pude hacerlo.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Literautas (Ya no soy la misma)

Literautas es muchas cosas: un proyecto editorial, una web de escritores y lectores, un recurso inagotable de material creativo pero es, fundamentalmente, una sorpresa constante. Entre las muchas iniciativas que tienen en marcha, han creado un taller en el que a partir de dos palabras debes crear un texto de 750 palabras, como máximo.
"Ya no soy la misma" fue el primer relato corto que escribí para ellos siguiendo las claves "museo" y "arena". Si además querías participar en el reto opcional (o póngase usted a rizar el rizo) tenías que incluir asimismo los términos "loro", "tormenta" y "cartero". 

Ahora, Literautas publica en papel y en versión digital una antología de los mejores relatos de este curso, en el que también podrás encontrar este cuento (y yo, evidentemente, estoy tan feliz que rompo las costuras). Los beneficios de la edición impresa van dirigidos íntegramente a la ONG Educación sin Fronteras. 
Más información en su web www.literautas.com

YA NO SOY LA MISMA


A primera hora me sorprendió la tormenta. La lluvia cayó torrencial empapándome a mí, al cartero con quien me choqué maldiciendo, a los vecinos y a los turistas que vieron cómo el aguacero inesperado les arrancaba repentinamente de la arena y de las esterillas. Crucé la calle y corrí a resguardarme en los soportales del museo local que, sin duda a aquellas horas, albergaban a más personas que las salas interiores.
Estoy seguro que jamás me habría fijado si no hubiera sido por aquella camiseta de inspiración tropical que llevaba. Los papagayos, los loros y los flamencos del estampado destacaban entre el gentío. Estaba igual, igual, igual, con una hermosura que dolía, pero con una diferencia en su persona que provocaba el desgarro. Aquello no era una herida reabierta; sino la confirmación lúcida y plena (ahora sí) de que jamás habría esperanza para el regreso. Hacía ya tres años que no nos veíamos.
Intenté zafarme pero me cogió del brazo mientras tiraba de su acompañante. Me sentí morir.
-Intenté decírtelo, pero ni yo misma sabía cómo. Siento que te hayas enterado así- dijo a bocajarro-
 -No tienes que darme explicaciones, Paula.
-Lo sé. Ahora soy Pau.


viernes, 22 de julio de 2016

Muerto pero mío

Este es el último micro de esta racha negra. Lo he recuperado de un pen drive antiguo y me ha entrado la risa al redescubrirlo. Lo tenía totalmente olvidado. 

-Muerto pero mío, -sollozó la viuda llorosa acariciando el anillo de boda-.
-Muerto pero mío, -gimió la amante bruñendo el diamante del brazalete-.
-Muerto, pero mío, -susurró el primogénito estrujando el documento que daba fe de la acaudalada herencia. 
-¡¡¡Muerto pero nuestro!!!-gritaron miles de vocecitas extasiadas. Presas de un incontenible frenesí se mesaban las patitas dispuestas a abalanzarse sobre el festín. 

lunes, 18 de julio de 2016

Cómo ha podido hacerme esto


Recupero esta idea, este proyecto de algo más extenso que tenía sintetizado en sólo cinco líneas. En la primera versión la culpa y el arrepentimiento por lo hecho impregnaba el microrrelato. Me he desprendido de ellas ya que no conducían a ningún lado. El texto también se titulaba de otra forma.  
Me desperté con un sabor metálico en la boca. Un zumbido atroz me destrozaba los tímpanos y me martilleaba las sienes. Sabía que tenía que dejar de beber de esa manera o acabaría matándome. Intenté incorporarme mareado y traté de levantarme de la cama trastabillando. Tropecé con la botella de ginebra, que rodó debajo de la cama, y en ese momento el timbrazo del teléfono pareció sacudir la habitación entera.
Lo dejé sonar, entre otras cosas, porque era incapaz de articular palabra. Y sin embargo, allí escuchando el teléfono, comenzó a invadirme una sensación extraña: al principio, fue sólo una ligera inquietud. Pero luego, casi instantáneamente, se transformó en una oleada de pánico que sacudió mi cuerpo y me impulsaba a la acción. Sentí que tenía algo importante que acabar, que mi vida entera dependía de un hilo que no veía.
 Descolgué el auricular como primera medida para hacer algo.
-Manuel, hombrepordios, pero ¿¿dónde te habías metido?? ¡Llevo intentando localizarte desde hace horas! ¿Qué has hecho con el móvil? He recordado en último minuto tu teléfono de casa…-la urgencia y la excitación le hacían casi ininteligible-.
-Pero ¿qué hora es?-intenté concentrarme-
-¡Las que sean! Escucha, Manuel, esto es importante: ¡no se presentó a la boda! ¿Oyes? La dejó plantada, el muy cerdo.
Y en ese momento recordé. Como un fogonazo SABÍA qué había de hacer. Efectivamente, era urgente e inmediato.

Le oía rascar levemente la puerta del baño con la única uña que le quedaba. 

jueves, 9 de junio de 2016

Cuentos como canicas


Cuando entre espagueti y espagueti le expliqué a mi padre qué estaba escribiendo, me dijo que tengo tendencia a escribir “canicas”: relatos más bien duros, de coloración cambiante, densos (mucha información en pocas rayas), redondos y con una trayectoria inesperada. Me reí como una loca porque creo que la definición es bastante acertada, al menos si tomo “La placidez de la vida burguesa”, el segundo que escribo para Literautas. El reto de este mes era la obligatoriedad de comenzar con la frase “El anciano encontró la llave en…”. Y, como reto opcional, planteaban que el texto se estructurase en torno a un único personaje.
Me aturullé por las prisas, no lo dejé reposar, me he pillado una repetición y les he enviado solo la primera versión. Todavía no entiendo cómo no lo cambié porque era relativamente fácil, aunque es cierto que me gustaba la idea de acabar con un diálogo para agilizar la lectura y conducirla hacia el final.
Sea como fuera, ahora sí dejo las dos versiones.

LA PLACIDEZ DE LA VIDA BURGUESA

1
El anciano encontró la llave en el pasillo de entrada y la guardó en el batín. Se le había caído al salir al jardín. Sonrió satisfecho mientras se dirigía al espacioso comedor y miró por el ventanal: podía estar orgulloso de su vida. Había seguido los pasos de su padre  en la empresa familiar, con ciertas reticencias al principio. Se había casado con la mujer que también él le había marcado, y que le había dado 4 niños obedientes y disciplinados (menos el pequeño). El suyo había sido un matrimonio fácil: Piluca se había encargado de todas las cuestiones domésticas, de la educación de los críos y, tal como le habían inculcado, había mirado hacia otro lado cuando se había encaprichado de otras mujeres. Ahora disfrutaba de un retiro cómodo, cultivando hortensias y orquídeas en el patio trasero.
Su familia al completo vendría en unas horas para disfrutar del domingo. Quería saber cómo le había ido al mayor, Jacobo, con las últimas negociaciones de los proveedores. Últimamente, los mareos habían hecho que desatendiese la marcha del negocio. Se arrellanó en su sofá favorito. Daría una cabezada antes de arreglarse.
 En ese momento sintió en el brazo un pinchazo molesto y el dolor le sacudió del amodorramiento. Ya no estaba en su casa.
­­-Vuelva en sí, Ventura-dijo un joven en bata blanca-¿Recuerda dónde se encuentra? Tiene pérdidas de memoria y ensoñaciones…Le estoy poniendo un medicamento intravenoso. ¿Le he hecho daño?
-¿Y mi mujer?-preguntó angustiado-¿Y mis hijos?
-Ventura, cuando ingresó nos dijo que la pintura había sido su único gran amor. Sebastián ha ido a por un café.  Le ha dejado también las rosas.
-Gracias a Dios. Había tenido una pesadilla espantosa…¡Me había convertido en mi padre!

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2
El anciano encontró la llave en el pasillo de entrada y la guardó en el batín. Se le había caído al salir al jardín. Sonrió satisfecho mientras se dirigía al espacioso comedor y miró por el ventanal: podía estar orgulloso de su vida. Había seguido los pasos de su padre  en la empresa familiar, con ciertas reticencias al principio. Se había casado con la mujer que también él le había marcado, y que le había dado 4 niños obedientes y disciplinados (menos el pequeño). El suyo había sido un matrimonio fácil: Piluca se había encargado de todas las cuestiones domésticas, de la educación de los críos y, tal como le habían inculcado, había mirado hacia otro lado cuando se había encaprichado de otras mujeres. Ahora disfrutaba de un retiro cómodo, cultivando hortensias y orquídeas en el patio trasero.
Su familia al completo vendría en unas horas para disfrutar del domingo. Quería saber cómo le había ido al mayor, Jacobo, con las últimas negociaciones de los proveedores. Últimamente, los mareos habían hecho que desatendiese la marcha del negocio. Se arrellanó en su sofá favorito. Daría una cabezada antes de arreglarse.
 En ese momento sintió en el brazo un pinchazo molesto y el dolor le sacudió del amodorramiento. Ya no estaba en su casa.
Una bata blanca se alejaba dejándole un gotero en el brazo. Ahora recordaba donde se encontraba: llevaba una semana ingresado por pérdidas de memoria y ensoñaciones. El medicamento intravenoso le había despertado de uno de estos episodios.
-¿Y mi mujer? ¿Y mis hijos?-murmuró para sí-.
Al girar la cabeza vio las rosas frescas con la tarjeta: “Recupérate pronto, amor, el estudio de dibujo y yo te necesitamos. Sebastián”

-¡¡Gracias a Dios!!- resopló-¡¡Pensaba que me había convertido en mi padre!!”.