(Me
levanto del reclinatorio para utilizar en la entrada uno de los capítulos de la obra de Milan
Kundera)
Cuando era más joven, tenía tendencia a clasificar involuntariamente a
las personas en dos categorías según dos maneras de vivir y de enfocar la vida.
La lectura de “La insoportable levedad del ser” y de la obra de Julio Cortázar me demostró mi
escasa originalidad; pero también que igual no iba tan desencaminada. He hallado un buen número de blogs que
recuperan, revisan, reexplican y reelaboran
la profundidad de los pensamientos de Nietzche, de Parménides, del
propio Kundera; pero no he encontrado en la piedra angular de este libro, que
sí viene destacada en la contraportada de la edición de Tusquets: “En la vida,
todo lo que elegimos por su levedad no tarda en revelar su peso insoportable“. Y
supongo que así debe ser porque, en mi caso, con un carácter zascandilero en
abstracción permanente, llegué a un punto en que tanta levedad me parecía
agónica, insufrible. De tanto hablar, pensar y curiosear en la de los demás,
tenía la sensación de que estaba viviendo la vida a través de los ojos de los
otros en lugar de apostar por la mía.
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Auténtico Cronopio. Julio Cortázar. |
Saber
si eres peso o levedad es relativamente fácil. De hecho, no hace falta ahondar mucho en la personalidad de cada uno
para averigüarlo. Son las tareas cotidianas las que te clasifican en un grupo u otro:
el tiempo que puedes emplear hablando del sofá que acabas de comprarte, el
tiempo que empleas en hacer la declaración de la renta, la importancia que le
das o no a lo meteorológico y a acarrear el dichoso paraguas todo el día... En
el lenguaje de Cortázar, el peso son los Famas: los que van al hotel y
averiguan cautelosamente los precios, la calidad de las sábanas y el color de
las alfombras. Los Cronopios son la levedad, y quienes encuentran los hoteles
llenos, los taxis ocupados y los andenes vacíos. Aún así, son felices.
Ahora que he asumido el peso de la plenitud y
que por un curso me he sentido un Fama; me sorprende y asombra mi ligereza, por
lo que he vuelto a Kundera y me he reencontrado con otra línea intelectual que
defiende la transformación de lo leve en pesado y de lo pesado en ligero, de la
inalterabilidad de la existencia del fuero interno de las personas, de un
cambio en espejismo para volver al principio, idea con la que siempre he
comulgado: la verdadera naturaleza no cambia. Para bien o para mal, llegarás al
final de tus días tal y como tu núcleo interno esté moldeado. La nuez protegida
es inexpugnable y sus rasgos definitorios apenas se modifican con el paso de
los años…Así que qué se le va a hacer: vuelvo a mi levedad. Lo que no voy a
permitir es que armar
ios empotrados o cajas de zapatos absorban todo mi oxígeno:
“Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro de la pared y ábrete paso
porque sí, en el piso de arriba están cantando. Hay un piso de arriba en esta
casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha
su piso de abajo. Cuando abra la puerta y me asome a la escalera sabré que
abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el
hotel de enfrente; la calle, la viva floresta donde cada instante puede
arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las
mire cuando avance un poco más”.
Cada instante puede arrojarse sobre ti como
una magnolia.
De “Manual de instrucciones”. 1970. Julio
Cortázar.