jueves, 14 de abril de 2016

Ahora que me voy (4 locales que no puedes perderte en Reus)




Ahora que me voy; ahora que estoy en el descuento, no me marcho de Reus sin recomendar cuatro locales que me han salvado de muchas horas vacías, de lluvias improvisadas, de tiempos muertos de espera. Estos espacios y las personas que los trabajan, me han reconfortado por dentro y por fuera porque, más que simples sitios donde tomarte una caña, son lugares donde recuperarte, descansar, corregir, hablar con uno mismo o con los encargados, ponerse al día, achisparte o nada de esto y todo a la vez. Lo mejor es que los encuentras en pleno centro histórico en una distancia entre ellos que no supera los 50 metros.
La Simona es un lugar para ver caer la tarde.

1 La Simona (Plaça de Peixateries Velles)
Encantador, coqueto, recogido. Este local está regentado por un grupo de 6 amigas que se han encontrado en este espacio  provinientes de sectores bien dispares. Quizás por eso lo están haciendo tan bien. Tiene unos ventanales fantásticos a la Plaza de les Peixateries Velles, mi lugar favorito de esta ciudad. Diré por ejemplo que su carta ha conseguido que vuelva a hacer cremas en invierno.  Mientras esperas, puedes echar una ojeada a los libros que dan calorcito a las paredes. Tienen una muy buena música de fondo (jazz, bossa, clásica) y mi hija devora las galletas que realizan con avena y chocolate. Por docenas me las he llevado para el desayuno del día siguiente y nunca jamás sobreviven a las nueve de la noche. Tienen también un rincocito de arte y juguetes. Como están situados en plena plaza peatonal, puede ser una buena elección para padres con ganas de "cafetear", merendar, tomarse una caña o dos...

2 L’Àbsis (c/ de la Mar, 3)
La dinamizadora y viajera entrada de "L'Àbsis".
 Como no podía ser de otra manera, "L'Àbsis" toma el nombre del ábside de la Iglesia de Sant Pere, situado justo frente a la puerta de entrada. ¡Las veces que he ido a este local con Lucía a contarnos la vida y a arreglar el mundo! Los profesores con horario tardío agradecemos su horario amplio de cocina (no cierran hasta las 16 horas) y su carta en la que incluyen abundantes menús para celíacos. Siempre tienen guardado un rincón para el arte y mientras esperas resulta casi imposible aburrirte observando pinturas, mosaicos o fotografías. La primera vez que llegué allí me sorpendió el mapamundi que tienen pintado en la entrada. Al contemplarlo siempre le dan a una ganas de viajar, de volar, de dejarse arrastrar por el siroco.

3 El Call (c/ de l'Hospital, 7)
Interior íntimo y acogedor de "El Call".
Entré allí de casualidad, también conducida por la energía de Lucía y por su mundo interior. Por la noche, el Call se convierte era un local de copas y mantiene en su aspecto exterior e interior esa atmósfera de nocturnidad con una barra divertida en la que reinan las bebidas de colores. Sin embargo, al mediodía resulta muy tranquilo, con un ambiente pausado que propicia la conversación  alrededor de una suculenta carta de tapas en las que recomiendo, recomiendo y vuelvo a recomendar el brie con brie y las minihamburguesas con mostaza. El Call hizo que indagase un poco en la historia de este barrio porque toma el nombre de la vieja judería medieval; de la cual, apenas si quedan vestigios. El nombre de la travesía “El carreró dels jueus” (a tan sólo 15 metros)  recuerda que efectivamente allí respiraba el pueblo de Yahvé. 

4  La Presó (c/ La presó, s/n)

Las rejas forman parte de la decoración de este local.
La Presó fue el primer local de Reus que visité y lo dejo para el final porque a él van ligados recuerdos muy especiales. Tiene una muy buena terraza si al comensal le acaba agobiando el ambiente sombrío del interior o simplemente prefiere disfrutar de la zona comercial en la que se integra. Es sombrío de acuerdo con la inspiración histórica de este bar/restaurante: "Presó" de "prisión" (mantiene la figura de dos alguaciles en el exterior que flanquean la carta de menús). Dice la tradición que allí se ubicaba la antigua cárcel de la ciudad que recogía a los reos llegados de Tarragona. De hecho, éste parece ser uno de los posibles orígenes del nombre de la localidad. 


Vayas al que vayas: sonríe, disfruta...y da recuerdos. 

miércoles, 30 de marzo de 2016

Soy Hemingway



 Es el título más idiota que he editado y que editaré pero, sinceramente, es lo que mi voz interior aulló en cuanto Patricia se puso en contacto conmigo. Las coincidencias en literatura son increíbles.





El 8 de marzo me iba arrastrando por los pasillos porque tenía  jornada evaluadora inacabable e inagotable. Justo en la minipausa para la comida se puso en contacto conmigo Patricia Picazo. Picazo, narradora, bloguera y cuentista (http://patriciapicazo.blogspot.com.es/) es el alma mater de un festival sobre la narrativa oral que se celebra en Ávila desde hace ya unos años. Fuimos compañeras allá por el Pleistoceno Medio y sabemos la una de la otra gracias a las redes sociales, de las que yo ya he dicho más de una vez que soy fan total. Cuando pidió microrrelatos para el festival, le envíe uno y justo ese día me dijo que había sido seleccionado para el certamen.

Sin embargo, y como diría Martín Gaite, la noticia tenía un cuarto de atrás que consiguió atragantarme: “Este cuento está atribuído a Hemingway. ¿Es de él o de algún otro?”, me preguntó.

Enrojecí por la vergüenza de que sospechase; por la vergüenza de que pensase de que podía ser capaz de tremenda estupidez; pero también porque cuando me pasó el micro del Nobel (que jamás antes había leído) comprobé la normalidad y la lógica de su primera deducción ya que tanto uno como otro tenían la misma estructura, desarrollaban una idea idéntica y compartían penas escondidas en unos zapatos infantiles o en un cochecito.

Los reproduzco para volver a alucinar con el paralelismo. El mío lo publiqué hace ya 3 años en este mismo blog (Ver "Vacío en 1, 2, 3...") y forma parte de lo que llamo mi “Etapa Negra” (Goya dixit, con permiso).

Qué impulsó a Hemingway escribir el suyo no tengo ni idea.



-“For sale: baby shoes. Never worn”

-"(Anuncio por palabras): Se vende cochecito de bebé sin estrenar"


PD: Por cierto que Patricia me creyó y publicado quedó. Pero, aunque hubiese sido deseditado, mi alegría salvaje que duró evaluación, postevaluación, entrega de notas y claustro, no se habría reducido. Fue un placer. Mil gracias.

viernes, 4 de marzo de 2016

Parca en bocadillo

Que la vida y la muerte son dos caras de una moneda es algo que uno llega a entender con el tiempo; pero en este trabajo y en este lugar, las dos realidades están presentes de manera tan cercana y tan potente que el contraste del claroscuro resulta brutal.
Mi instituto, decano, centenario, a la cabeza de la educaciones medias de toda la provincia desde hace dos siglos, se levanta pared con pared con la Iglesia de San Francesc de quien toma su nombre original y sus oficios y los nuestros se entremezclan de tal manera que el resultado es inquietante. Todos los días el bullicio y el escándalo estremece este edificio desde la base pero a veces (y a veces muchas veces) las campanas de Sant Francesc no marcan las horas, sino que suenan para despedir a una vida que ya se ha ido. Los profesores  y los alumnos escuchamos su tañir tristísimo y por un momento el ambiente se aquieta, el griterío se acalla,  y los adultos pensamos en el "tempus fugit" y los críos en fantasmas;  pero el silencio dura solo un momento. El intervalo justo que antecede al timbrazo que nos despierta del ensimismamiento y anuncia el patio. Entonces le das un mordisco al bocadillo y no solo muerdes el pan; también le hincas el diente a la Parca que en ese momento se asomaba demasiado por la ventana. La Muerte se aleja, asustada y olvidada, y tú sales por la puerta empapado en la fragancia embriagadora del azahar que se escapa del claustro.
 Y andas meditabundo, porque también la nomenclatura de las calles próximas invita a ello, cuando de repente se cruza otra flor, la de cualquier adolescente agradecido que nos saluda por la acera porque le hemos acompañado años antes en clase. Él no ve, pero tú sí porque has parido, que lleva enganchado a su espalda la silueta tenue de su madre muerta meses antes. Este hilo, este filo de la navaja tan terrible y tan precioso, ha conseguido que ponga punto final. Y lo marco y lo subrayo en primavera. 

miércoles, 27 de enero de 2016

Noches sin dormir

A veces me inquieta mi absoluta despreocupación por la producción literaria y musical de autores que antes veneraba: no sé qué hace Drexler, ni  Juan Perro, he dejado desatendida a  Montero e, incluso, y viene al pelo, a Muñoz Molina. Sí sabía que Elvira Lindo publicaba y me tatué en el cerebro y en la agenda comprar (y leer) su último libro. Sorprendentemente, tras acabar “Noches sin dormir” me cuestioné esta fidelidad; porque yo, que huyo de la repetición en la literatura y en la vida,  leo en sus escritos una y mil vueltas a sus manías y a sus mundos. En “Don de gentes” la redescubrí como una gran articulista, capaz de sacar lo trascendental a situaciones triviales mientras repasaba su vida en Nueva York. Volví a toparme con la misma temática en “Lugares que no quiero compartir con nadie”, más centrado en locales de ocio, restaurantes, y bares de moda hasta tal punto que ha acabado convirtiéndose en una guía de turistas urbanitas españoles de visita por la Gran Manzana. En cambio, "Noches sin dormir" se estructura a modo de diario en el que se supone ha sido su último invierno en la ciudad. ¿Qué ocurre? ¿Por qué esta fijación? Porque me leo a mí misma. Pero con tanta claridad que aterra. Su dispersión, su pánico a escribir un libro y en contradicción parcial, la necesidad imperiosa de escribir para vivir y para ordenar el pensamiento (ver cita).  Todas estas emociones en mí han terminado cristalizado esta burbuja de comodidad bloguera; pero también (como ella) me voy dando mamporros a mí misma para salir de aquí, para asomar la patita por debajo de la puerta a pesar del mal tiempo y de las críticas feroces.
Reconozco en su deseo de pertenecer a un barrio, mi propia voluntad de echar raíces sin cerrar las puertas al retorno. Elvira quiere sentirse querida y reconocida en los en restaurantes y bares que frecuenta; en mi caso, la puerta de entrada a las localidades en las que voy viviendo son las peluquerías. Agradezco la verborrea cómoda que se desparrama entre tintes y rulos en un entorno exterior en el que no se suelen dar excesivas confianzas a los desconocidos. Mi Carmen me hizo sentirme como en casa desde el primer día que me arrellané en el sillón y le di vía libre a que hiciese lo que le diera en gana con mi pelo. Con ella me explayo de las vivencias en mis clases y me hace hablar a veces más de la cuenta de mi familia y de mi día a día. También Elvira dedica uno de sus capítulos a su peluquero. Como ella, tengo ganas de mudarme de piso. Llevo años rondando esta idea y no lo hago: No lo hago por comodidad; pero también, porque el Barri de Ponent no ha crecido según una pauta de celda-panel con adosados impersonales lejos de todo, y en él he encontrado un hogar. Me siento mediterránea en la elección de lugares vitales: me gustan los barrios recargados, atiborrados, con un comercio vivo aunque eso haga lamentarme una y mil veces la falta de aparcamiento. Mi biblioteca, en el corazón de este entramado social, me ha rescatado de muchas tardes de soledad, igual que las redes sociales. Y junto con los libros, agradezco infinitamente el caudal de vida cultural que Elvira da a conocer porque sé que los poemas, los discos y las películas que le hacen la vida más fácil en un invierno brutal también me la facilitarán a mí.
 Y así podría seguir y seguir, de manera que a veces con una ensoñación típica de loca me imagino que podría ser una vecinita de arriba (o de abajo o de al lado), compartiendo los mismos o similares problemas y viviendo una vida paralela. Alucino cuando Elvira cuenta que tanto él como Muñoz Molina escriben un diario desde hace años. Yo misma lo hago desde que tenía 13. Y lo he hecho de manera desparramada y caótica: en libretas, en hojas sueltas, en la cara B de los cuadernos escolares y, finalmente, desde el 2003  mantengo uno online. Los primeros están diseminados por las casas de mis padres; el segundo lo he ido recuperando de placas bases descompuestas, pen-drives, archivos borrados…parece increíble que a mí que me da vergüenza  decir que escribo sobre mí y para mí, esta mujer, lo indica abiertamente en esta obra. Está claro que las líneas apocalípticas absurdas que todos tenemos cada uno las subraya en sitios distintos. Elvira se lamenta de la ciudad en la que ha vivido los últimos años porque la mantuvo lejos de su padre en sus últimos años. A mí sólo me separan 250 kilómetros de casa, pero son suficientes para no estar los fines de semana, ni pasarte un rato por la tarde, ni parte de las vacaciones. La separación es la misma; las opciones de salvar esa distancia sí son más cómodas y más fáciles pero la pena sabe igual: “qué poco vemos a la niña, qué rápido se pasan las vacaciones, ¿sólo váis a estar 10 días en verano?”

Cuando explica las ansias por conocer gente nueva, por hacer amigos, en una ciudad sin familia ni raíces, Elvira recoge el lamento de su marido por el ambiente universitario. Calidez entre el alumnado; frialdad gélida entre los colegas Y aquí también-también mi vida se funde con la suya: no sé si me he resignado, si me he vuelto más selectiva, si ya no espero sorpresas, si no tengo tiempo o si mi micronúcleo me calienta el corazón lo suficiente para no notar esta frialdad. Intento no cerrarme en banda (no lo hago); pero el otro día no recuerdo a quién comentaba que he perdido la costumbre tan valenciana de plantarle dos besos en las mejillas a cualquiera  recién presentado. Aquí contestan con un “Tant de gust” y una leve inclinación de cabeza. No se acercan (por si acaso). Yo a ellos tampoco. Pero lo digo con una sonrisa.

-Noches sin dormir. Editorial Seix Baral.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Contribución a la estadística

¡Cuánto necesitaba encontrar la sorpresa en un poema! El objetivo este año para cualquiera: salir del grupo del ochenta y tres; y entrar de cabeza en el de veintitantas.

De cada cien personas, 
las que todo lo saben mejor:
Szymborska, Nobel de Literatura en 1996. Cortesía Reuters.
cincuenta y dos.
Las inseguras a cada paso:
casi todo el resto.

Las prontas a ayudar,
siempre que no dure mucho:
hasta cuarenta y nueve.
Las buenas siempre,
porque no pueden de otra forma:
cuatro, o quizá cinco.

Las dispuestas a admirar sin envidia:
dieciocho.
Las que viven continuamente angustiadas
por algo o por alguien:
setenta y siete.

Las capaces de ser felices:
como mucho veintitantas.
Las inofensivas de una en una,
pero salvajes en grupo:
más de la mitad seguro.

Las crueles,
cuando las circunstancias obligan:
eso, mejor no saberlo,
(ni siquiera aproximadamente)
Las sabias a posteriori:
no muchas más
que las sabias a priori.

Las que de la vida no quieren más que cosas:
cuarenta.
Aunque quisiera equivocarme,
las encorvadas, doloridas 
y sin linternas en lo oscuro:
ochenta y tres.

Tarde o temprano,
las dignas de compasión:
noventa y nueve.
Las mortales:
cien de cien.
Cifra que por ahora no sufre ningún cambio. 

Wislawa Szymborska
Contribución a la estadística

martes, 15 de diciembre de 2015

Huyo, es la peste, de las personas rectas


Acabo el trimestre sin más ganas de escribir que añadir este poema de Jesús Lizano, que llega precisamente cuando cambia la directiva y lo hace en recto. A mí me ha plantado una curva en la cara (el poema, claro). Será que me gustan más los culos, las naranjas y los baños que las reglas, los alfileres y las aristas.


Mi madre decía: a mí me gustan las personas rectas
A mí me gustan las personas curvas,
las ideas curvas,
los caminos curvos,
porque el mundo es curvo
y la tierra es curva
y el movimiento es curvo;
y me gustan las curvas
y los pechos curvos
y los culos curvos,
los sentimientos curvos;
la ebriedad: es curva;
las palabras curvas:
el amor es curvo;
¡el vientre es curvo!;
lo diverso es curvo.
A mí me gustan los mundos curvos;
el mar es curvo,
la risa es curva,
la alegría es curva,
el dolor es curvo;
las uvas: curvas;
las naranjas: curvas;
los labios: curvos;
y los sueños; curvos;
los paraísos, curvos
(no hay otros paraísos);
a mí me gusta la anarquía curva.
El día es curvo
y la noche es curva;
¡la aventura es curva!
Y no me gustan las personas rectas,
el mundo recto,
las ideas rectas;
a mí me gustan las manos curvas,
los poemas curvos,
las horas curvas:
¡contemplar es curvo!;
(en las que puedes contemplar las curvas
y conocer la tierra);
los instrumentos curvos,
no los cuchillos, no las leyes:
no me gustan las leyes porque son rectas,
no me gustan las cosas rectas;
los suspiros: curvos;
los besos: curvos;
las caricias: curvas.
Y la paciencia es curva.
El pan es curvo
y la metralla recta.
No me gustan las cosas rectas
ni la línea recta:
se pierden
todas las líneas rectas;
no me gusta la muerte porque es recta,
es la cosa más recta, lo escondido
detrás de las cosas rectas;
ni los maestros rectos
ni las maestras rectas:
a mí me gustan los maestros curvos,
las maestras curvas.
No los dioses rectos:
¡libérennos los dioses curvos de los dioses rectos!

El baño es curvo,
la verdad es curva,
yo no resisto las verdades rectas.
Vivir es curvo,
la poesía es curva,
el corazón es curvo.
A mí me gustan las personas curvas
y huyo, es la peste, de las personas rectas.

Jesús Lizano
(Las personas curvas)

lunes, 2 de noviembre de 2015

Siguiente, por favor

Con los micros, igual que hago con las recetas de cocina, me gusta escribir un preámbulo, una pequeña explicación que ayude a entender mejor la historia: cuándo se me ocurrió y en qué momento. Si fue un chispazo o fruto de un fuego lento.De hecho, a veces disfruto más escribiendo esta introducción que el relato en sí. "Siguiente, por favor" es del segundo tipo y me va rondando desde hace tres años al menos. Me acordaba de él cada vez que salía a comprar porque el juego del que hablo lo pongo en práctica yo misma para no morirme del aburrimiento. Ahora mismo, tirada en el sofá, acabo de terminarlo. 


El juego había empezado mucho antes de empezar a trabajar como cajera.
Al principio sólo servía para divertirse en las filas inacabables mientras esperaba a ser atendida: ¿a quién tienes delante? Echa un vistazo a su carro y adivina… ¿Vive solo?¿Tiene mascota?¿Comparte su vida con personas mayores? ¿Es un obsesivo del culto al cuerpo? ¿Qué va hacer este fin de semana?
Con el paso de los días su pasatiempo había acabado convirtiéndose en un salvavidas frente a la despersonalización. Lo utilizaba para no sentirse ella misma un código de barras, una anotación más en la pantalla. Todavía no se explicaba cómo su vida había terminado delante de la caja registradora.
- ¡Siguiente, por favor! -
Rollos y rollos de papel de cocina-pañuelos de papel-toallitas-potitos-yogures- un par de cucharillas-pechitos-cambiadores.
Sencillísimo: una madre/ un padre/ ambos/ alguien muy cercano a la familia que echa una mano con las compras imprescindibles. Era el cuarto de este tipo en lo que llevaba de mañana.
-Uno más:
 Whisky-hielo-patatas fritas-nata-velitas olorosas-pizza. ¿Ya está?
Una pareja que se lo va a pasar la mar de bien esta noche. Ajá, sí relativamente fácil también.
Prensa rosa- helado-crema hidratante-cera de depilar- bombones.
Doña corazón solitario que se prepara para una noche más en blanco.
- Mantengan la fila, gracias.
Esparadrapo-salfumán-cuchillas-algodón-lejía- tres cuchillos de gran formato.
Arqueó la ceja. El listado de la compra se salía de los márgenes de la cotidianidad. Enfocó con un atisbo de curiosidad. El cliente tenía un semblante anodino pero su mirada era dura.
-¿Hay algún problema? –murmuró-.
-Ninguno -dijo mientras le señalaba el importe-. Sólo me preguntaba qué haría con esta compra el fin de semana.
Enseñó los dientes en un atisbo de sonrisa y su gesto olía a peligro.
-En realidad no querrías saberlo, preciosa.
Tras pagar en efectivo, arrambló el carrito y desapareció más allá de las puertas automáticas.


Se quedó con la fortísima sensación de que debía haber llamado a seguridad.