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viernes, 10 de octubre de 2014

La escritura sobre la escritura

Talese tiene 82 años.
Sin cuenta en Facebook ni Twitter, sigue escribiendo diariamente.
Me gustaría extenderme más en la figura de Gay Talese pero ahora sólo tengo tiempo de pasar al blog un pensamiento que he encontrado en su relato “Cuando tenía veinticinco”:
“¿Consejo para los escritores (jóvenes)? La única cualidad indispensable es la curiosidad, creo yo, y el ánimo para salir y aprender acerca del mundo (…).
En todas partes hay historias a la vista, al alcance. El otro consejo que me quedaría por ofrecer (repitiendo el que me dio mi propio padre) sería: No escribas nunca por dinero”.
Talese es uno de los fundadores del Nuevo Periodismo cuya figura, por supuesto, se ignora en las aulas universitarias de Comunicación.

El primer síntoma real de envejecimiento es la pérdida de la capacidad de sorprenderse.
-Retratos y encuentros. (Alfaguara, 2010)

martes, 22 de julio de 2014

Gracias por este incendio, Ray

Cierro el libro de golpe. El aire se ha vuelto irrespirable, el sofá ha prendido en llamas y me arden las pestañas!!! ¡Mi madre! Me acerqué a Fahrenheit 451 buscando una frase que me parece misteriosa y polisémica: ni me importaba la distopía, ni el gran prestigio de la novela y mucho menos la ciencia ficción. ¿¿Pero qué ciencia ficción?? ¡Si esto es un aviso hacia el abismo al que vamos corriendo con alegría! Sobre la incomunicación, sobre el empobrecimiento de la educación y del ocio.
Bradbury definió la génesis de esta novela como “cinco petardos y una explosión”. Pues yo elijo 10 fragmentos que me han hecho saltar por los aires. Diez fragmentos… porque el libro entero no puedo copiarlo ¡Y me salto la metaliteratura! 
(Sobre cómo me siento a veces)
1
-A veces me deslizo a hurtadillas y escucho en el metro o en las cafeterías y ¿sabe qué?
-¿Qué?
-La gente no habla de nada
-¡Oh, de algo hablarán!
-No, de nada. Nombran una serie de automóviles, hablan de ropa o piscinas y dicen que es estupendo. Pero todos comentan lo mismo y nadie tiene una idea original.
2
Portada norteamericana, años 70.
Dicen que soy muy insociable. No me adapto. Es muy extraño. En el fondo, soy muy sociable. Todo depende de lo que se entienda por ser sociable, ¿verdad? (…) Estar con gente es agradable. Pero no considero que sea sociable reunir a un grupo de gente y después no dejar que hable. Una hora de clase televisiva, una hora de baloncesto, de béisbol o de carreras, otra hora tomando apuntes de historia o pintando, y más deportes. Pero, ¿sabe? Nunca hacemos preguntas o, por lo menos, la mayoría no se las hace; se limitan a darte las respuestas una tras otra, ¡zas!, ¡zas!, y nosotros allí durante más de cuatro horas aguantando al teleprofe. Esto no tiene nada que ver con la sociabilidad. No son más que embudos donde vierten mucho agua que sale por la parte estrecha y quieren hacernos creer que es vino, pero no lo es.  Nos embrutecen tanto que, al acabar el día, sólo somos capaces de acostarnos.
3
Durante estos años no te he pedido gran cosa, pero ahora te lo pido, te lo suplico. Tenemos que empezar en algún punto, tratar de averiguar por qué sentimos esta confusión. Nos encaminamos directamente al precipio, Millie. ¡Dios mío, no quiero caerme!

La felicidad de plástico. La sociedad de plástico.
4
-Tengo a los niños en la escuela nueve días de cada diez Estoy con ellos cuando vienen a casa, tres días al mes. No es del todo insoportable. Los pongo en el salón y conecto el televisor. Es como lavar la ropa; meto la colada en la máquina y cierro la portezuela-La señora Bowles rió entre dientes-. Son tan capaces de besarme como de pegarme una patada.¡Gracias a Dios, yo también sé pegarlas!

5
-No necesitamos que nos dejen tranquilos. De cuando en cuando, nos convendría estar seriamente preocupados ¿Cuánto tiempo hace que no has tenido una verdadera preocupación? ¿Por algo importante, por algo real?
6
-Los años de universidad se acortan, la disciplina se relaja, la filosofía, la historia y el lenguaje se descuidan; la gente se expresa cada vez peor hasta tal punto que apenas se recurre ya al uso de las palabras para comunicarse. La vida es inmediata, solo el empleo cuenta, el placer lo domina todo después del trabajo.¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, accionar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?
7
-La vida se convierte en una gran carrera, Montag. Todo se hace aprisa, de cualquier modo.
8
Y la guerra empezó y terminó en aquel instante.

Así quiero vivir. Así quiero mi vida.
En inglés original: "Llena tus ojos de ilusión.
Vive como si fueras a morir en 10 segundos.
Mira al mundo. Es aún más fantástico que todos los sueños
comprados o confeccionados en una fábrica"
(¡Qué genio!)
9
Detesto a ese romano llamado Status Quo-me dijo-. Llena tus ojos de ilusión. Vive como si fueras a morir dentro de 10 segundos. Mira el mundo. Es aún más fantástico que todos los sueños confeccionados o comprados en una fábrica. No pidas garantías, no pidas seguridad. Nunca ha existido algo así.
10
“Cuando uno muere, debe dejar algo tras él”, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos que se ha hecho uno mismo. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de manera que tu alma tenga algún sitio adonde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol o esa flor que tú plantaste, tú estarás allí. Mi abuelo decía: “No importa lo que hagas mientras cambies algo respecto a cómo era antes de tocarlo y lo conviertas en algo que sea como tú, después de que separes de ellos tus manos”


Por cierto, que al terminar, me he dado cuenta que la frase maravillosa que me llevó hasta aquí…¡¡no es de este libro!!
Abro las ventanas a ver si se disipa el olor a queroseno aunque no sé realmente si quiero que se vaya…


-¡¡¡La tormenta somos nosotros!!!

viernes, 1 de junio de 2012

Siempre te estaré agradecida


Foto de Violeta de Lama.

Casi siempre que quedo con N las veo florecer: mientras hablamos de cualquier tema, mientras arreglamos el mundo en una hora, brota una de cada extremo de sus rizos. Soy la única que las ve y que se beneficia de su fragancia tranquilizadora, que borra y disipa mis dudas en una oleada violeta. En nuestra última cita me gritó antes de marcharse: “Inma, ¡organiza la estantería!”. Y, aunque hablaba metafóricamente, decidí tomar al pie de la letra su consejo y me puse a ello al llegar a casa: por algo hay que empezar.


Al llegar al tercer estante, recuperé uno de los libros de Rosa Montero, y de entre la dedicatoria, se escapó una imagen: vi a Chusi y a mí misma tiradas en los escalones de Distrito. Era tercer curso, en pleno ecuador y en plenos exámenes, intentando organizar el desbarajuste de papeles: nuestras preguntas, las que nos había aconsejado la profesora de Redacción y las que nos habían colado los compañeros que habían preferido quedarse en casa a estudiar. No perdimos mucho tiempo en ello (Total, si no va a ser. Total, si es imposible) y enfilamos el Paseo de los Machado buscando entre las casetas y sorteando los charcos. Recuerdo que estaba de un humor de perros, porque no sabía qué hacía allí cuando ya estaba casi decidida en dejarme la carrera y pasarme a Filología Inglesa. Chusi, que me veía barruntar y que también estaba en la cuerda floja, murmuraba:

-Inma, es la mejor entrevistadora de España. Como nos pegue un corte me echo a llorar.

-Sí, señora. Eso o echar a correr, que es más digno.

Ya había conseguido el Nacional de Periodismo y allí la vimos, bastante tranquila, en uno de los puestos del fondo. Nos benefició que todavía era bastante pronto y que el mal tiempo había retrasado las visitas de los lectores.


Le entregué el libro sudado que ahora tengo en casa y “Te trataré como una reina”. Al cogerlo para la firma dijo: “Huye si alguna vez un hombre te dice algo parecido”. Me entró una risa nerviosa (¡Pues empezamos bien!) y ocurrió lo inesperado, porque nos invitó a hablar con ella DENTRO de la caseta. Pasamos la mañana sentadas cada una a su lado, desgranando una conversación, que no una entrevista, hecha a ratos, rara y espontánea, porque nos olvidamos por completo de los papelotes; aunque ella nos iba atendiendo entre firma y firma de los lectores: comentaba aspectos de su vida; qué le parecía la feria; qué pensaba de los otros escritores que estaban esa mañana por allí – Antonio Gala entre otros-y tuvimos que parar la grabadora unas cuantas veces.

Recuerdo que la felicidad me inundaba, que era plenamente consciente de lo que estaba sucediendo y que pensaba: “¡madre!, cuándo lo cuente en casa…” Veía a Chusi sonriendo de oreja a oreja, y otras cosas que no tienen nada que ver con la charla: los pendientes que le he visto en más de una contraportada; su olor y sobre todo, por encima de todo, las manifestaciones de respeto y de cariño que desprendía la gente que se fue arremolinando poco a poco, haciendo cola:


-Rosa, unas palabras para mi hijo, que te sigue desde el principio.

-Rosa, mi madre está en cama hospitalizada. Le haría mucha ilusión…

-Rosa, una foto, por favor.

¡¡Una foto!! Entonces no había cámaras digitales, pero es que ni a una ni a otra se nos ocurrió coger las de carrete. Total, si no va a ser. Total, si es imposible.

Así que sólo tengo los recuerdos que ahora mismo estoy poniendo por escrito. Eso y la cinta grabada que no he vuelto a escuchar; una porque no quiero morirme de la vergüenza. Dos, porque no quiero que se me altere la imagen mental que tengo de aquel día. Antes de marcharnos, nos dio un consejo: “Haced prácticas u os comeréis el título” y se despidió de nosotras diciendo: “No lo habéis hecho mal y esta manera de lanzarse no lo hace cualquiera”.


Así que lo imposible, sucedió. Chusi y yo estuvimos insoportables un mes entero, sintiéndonos las súper-perihostias. Explicándole a quién nos quería escuchar y a quién no también nuestra gran hazaña.

Lo más importante del precioso rato que pasamos con ella fue que involuntariamente, nos convenció de que siguiésemos adelante, de que no arrojásemos la toalla, de que trabajar en comunicación era un camino precioso y de que apostásemos por la sorpresa porque en el fondo nunca se sabe... Fue la primera vez que sentí el efecto que las palabras provoca en los demás. Eso no lo aprendí en los libros y mucho menos en la Universidad: lo hizo ella involuntariamente en aquella mañana de sábado, enseñándome desde la barrera lo que pueden sentir los demás al leer algo bien escrito. Recondujo en unas horas mi carrera y me olvidé de la filología. Por eso, me da igual que escriba un best seller, una recopilación de artículos o un libro infantil. Soy fan entregada total. Siempre he dicho que si se quema la casa, lo primero que salvaría serían sus libros. No soy objetiva, ni quiero serlo.

-N, ya me he vuelto a liar y la estantería sigue hecha un desastre. A ti también te estoy eternamente agradecida por ser, por estar.